Agustina subió a la micro...la que ha tomado toda su vida para ir a casa.
Como si se tratase de una cuidad que no cambia y que sigue siendo un pueblo chico, ya que por absurdo que suene, la nomenclatura de su trasporte público solo alcanza hasta el número 10; La de Agustina es la del número 7.
Iba un tanto desanimada y por más que hurgara en su cabeza, pereciera que no había motivos para esa sensación de tanto desconsuelo.
Pareciese que cuando no se pueden esclarecer los motivos de desgano es cuando más se siente la pesadez de la mente y la tristeza en la mirada, pensaba ella.
Tomó asiento, al rato sube una anciana que se sienta a su lado.
PERFECTO...lo único que me faltaba un vieja con olor a vieja que se siente a mi lado…y ahora me habla!…Típico de PUEBLO CHICO!...Por suerte me falta poco para bajar…
Justo antes de que Agustina se levantase, la anciana sonríe y le ofrece un caramelo…Los ojos de Agustina se abrieron enormemente, sintió como si la anciana e acariciara el rostro…
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